Últimamente me he dejado seducir por otros placeres terrenales, como la lectura, y he pasado a convertirme en una rata de biblioteca, con el objetivo de retomar mi abandonada tesis. Ello ha supuesto el que haya dejado olvidada mi saga pictórica. No obstante, espero redimirme de mi descuido y vuelvo con fuerzas para completarla. Esta vez le toca el turno a, sin lugar a dudas, mi cuadro favorito por excelencia, “El Moulin de la Galette” de Renoir. Le moulin de la Galette era un molino (como su propio nombre indica) abandonado, situado en la colina de Montmartre (la más alta de la ciudad) y en el que se daba cita la bohemia parisina para charlar y danzar al ritmo de la orquesta que amenizaba la velada. Renoir, colega de Monet y de Sisley, en su deseo de representar la vida moderna, inmortaliza este lugar en uno de los lienzos clave del Impresionismo. Su principal interés pasa por representar las diferentes figuras en un espacio ensombrecido con toques de luz, recurriendo a las tonalidades malvas para las sombras. En las mesas se sientan los pintores Lamy, Goeneytte y Georges Rivière junto a las hermanas Estelle y Jeanne, así como otras jóvenes del barrio de Montmartre. En el centro de la escena bailan Pedro Vidal, pintor cubano, junto con Margot, una amiga; al fondo también se encuentran los pintores Cordey, Lestringuez, Gervez y Lhote.
El efecto de multitud está perfectamente conseguido gracias al uso de dos perspectivas (que nos recuerda a Degas, al que ya me referiré): el grupo del primer plano ha sido captado desde arriba, mientras que las figuras que bailan al fondo se ven en una perspectiva frontal.
Este maravilloso lienzo puede contemplarse en el museo de Orsay, París. Yo lo llevo conmigo a todas partes, ya que aparece en el dorso de mi entrada al museo.
Hasta la próxima entrega.
1 comentario:
Veo que convergemos en gustos en pintura...¿Te has operado ya?. No se nada de tí...
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