Mi rutina de todos los días. Enciende el ordenador, conéctate a Internet y entra en la página de la CARM. Después busca los actos de adjudicación y la última convocatoria de los mismos. Tras descargar el pdf sin esperanza alguna, advertí que habían convocado la especialidad de economía y que saltaba ya a la lista no preferente. Buena señal, me dije. Hemos empezado con el pie derecho. Ahora toca ver cuáles son las vacantes que hay. Y si han convocado a casi unas treinta personas, el pescado que van a vender no debe ser muy malo, pensé. Inocente de mí. Bueno, vuelta a descargar el pdf y búsqueda de mi especialidad. Dos tiempos parciales. Uno en la Unión y el otro en Calasparra. Viva la minería y el arroz. Mi gozo en un pozo.
Habrá que ir a ver cómo es esto de las adjudicaciones y si me llega, que no me va a llegar, habrá que decir que sí y empezar a desempeñar mi labor como docente. Mis padres ya estaban haciendo sus cábalas, cuando se lo conté, de que si me tocaba en Calasparra, lógicamente, habría que alquilar un piso, porque tal y como está la gasolina, no es plan. Inocentes de ellos.
Fui con tiempo, para que nadie se me adelantara y, si me llego a descuidar, hasta llego tarde. Un atasco monumental por todas las entradas a Murcia, hizo que tardara más de dos horas y media en llegar al sitio en cuestión. Aparqué porque tuve suerte. Sino, hubiera tenido que hacer las veces de Gadget y minimizar mi bólido para poder meterlo en el bolso. Increíble. Corre Encarna, que llegas tarde. Menos mal que, a pesar de que llevaba chanclas, la ilusión no me hizo resbalar. Aunque resbalé después, claro está.
La llegada al salón de actos de la Consejería fue apoteósica. Que me iba a esperar yo. Si aquello parecía la lonja del pescado. O una subasta de productos agrícolas, que a mi me toca más de cerca. La gente ataviada con un montón de papelorios, haciendo sus anotaciones, gritos, ruidos de móviles… Para colmo la megafonía no estaba en su mejor día (mira que pareado) y allí no ponía orden ni el tato. Vamos, que ni aunque hubiera aparecido el amigo Precioso con alguna de sus corbatas estrambóticas. ¿Dónde me he metido? Lo único que hubiera faltado es cambiar el: “sí acepto” (que ni eso, porque la gente tenía que correr para que nadie se le adelantara) por “compro, compro”. Esto se merece una película.
Cuando llegó la hora de “subastar” la pescadilla que a mí me interesaba, llevaban unos treinta minutos de retraso. Con lo eficiente que es el funcionariado y hay que ver cómo se retrasa. No importa, aunque tenga que esperar tres horas, me dije. Pues ni tres ni cuatro. Fueron dos minutos. No me dio tiempo ni a escuchar el nombre de los afortunados de la lista preferente que ya tenían destino. Un fiasco vamos.
Cabizbaja, pero esperanzada (al menos dicen que eso es lo único que no se pierde), volví a casa; menos mal que, por lo menos, habían conseguido desatascar las vías de Murcia. Lo triste fue llegar y tener que decir a mis padres que ya no iban a comer arroz de Calasparra, porque la Unión está a salto de mata de casa. No te preocupes, me dijo mi padre. Llevas mucho tiempo esperando esto. Mi novio me dijo que mi momento llegaría. Algún día deberé besar el santo, pensé. Pero a este paso, creo que no va a ser ni momento ni beso. El momento deberá ser un momentazo y el beso…más que beso deberá ser besazo…qué digo besazo…un buen morreo.
Creo que el amigo Precioso y toda la plana mayor de la Consejería, debería tener claro que debe bastar sacar más de un ocho en una oposición para tener trabajo, aunque sea de interino y no estar mareando la perdiz. Pero claro, en el sistema lo que realmente importa es sacar un cero y medio y estar coleando años y años. ¿Es por eso por lo que en la lista preferente sólo aparecen nombres y no se les acompaña con el numerito de la calificación en el examen, como ocurre en la lista no preferente?
Ahí queda esta reflexión.