martes, 25 de noviembre de 2008

Dear fungui...

Las quedadas de las seis magníficas siempre habían tenido un escenario de corte murciano. Aquel día, bien por el descanso del personal, o bien por la inexistencia de un hueco para acomodar nuestros asses, desembocamos en otro escenario, esta vez de corte italiano. Es decir, que pasamos de las tapas y nos fuimos a las pizzas, básicamente. Lo cierto es que el espacio de reunión es el detalle de cola, de entre todos lo importantes, claro está. En la función de bienestar social, que es la que maximizamos siempre que organizamos nuestros meetings, el argumento principal no es el lugar, sino la compañía. O sea que, en realidad, nos abstraemos del “Money matters” para afirmar que “the place does not matter at all” (que rima con “the winner takes it all” de mis queridos Abba). Sería algo así como ser medio discípula de la simbiosis entre John Rawls y Amartya Sen. Casi nada.

Bueno…menudo preámbulo me he marcado para decir, simplemente, que aquel domingo acabamos comiendo en un restaurante italiano que, como no procede citar (por eso de no hacer publicidad), diré que tiene por nombre “O’Mamma mia” y que está sito en la plaza de San Juan, número seis. Y, como el restaurante nos gustó, sobre todo porque el encargado tuvo la amabilidad de obsequiarnos con una botella de Lambrusco (ya se podría haber estirado un poco más, porque tocamos a chupito por cabeza), volvimos en repetidas ocasiones.

Una de las veces en las que decidí retornar al tablero italiano me acompañaban la “novia en capilla” y mi tocaya (que odiaba los coches rojos y ahora conduce un bólido sport – rojo - complementado con conchas de playa, cual caballino rampanti…que ya quisiera para sí el hombre sin cuello) con sus respectivos. Era la noche introductoria para ir allanando el terreno y que los machos marcaran su territorio. Y quién vino a dar la nota aquella noche. Pues yo. La culpa la tuve yo y el hecho de que me gusten los champis. Eso y que la pizza que lleva miles de ellos se llame funghi. La chica que nos atendió aquella noche tenía una mala follá…más bien es que la chiquilla estaba “mal follá”, para que nos vamos a engañar. Menuda mirada me dedicó cuando, entre risas, le dije unas seis veces que yo lo que quería era una ¡fungui! Tampoco es para ponerse así, vamos digo yo. La cuestión es que, como bien dice mi madre, “la cara es el espejo del alma”. Si llego a repetir otra vez el vocablo “fungui”, me hubiera echado los perros, seguro.

No obstante, lo cierto es que el comportamiento tan “exquisito” que nos dedicó aquella “zagalona”, no fue tan disuasorio como para dejar de ir al restaurante. He vuelto así como que dos veces. En la primera íbamos tan sólo five de nosotras, faltó Isa, que es la que tiene el sello de la casa real. En la segunda que, por cierto, fue el sábado pasado, fui con el dúo Enna-Juan y con mi Mr. Bross. Desde que echaron a esa zángana colmenera (yo no la he vuelto a ver por allí), hay que ver cómo se llena el local. Da gusto oye. Para que luego digan que estamos en crisis. Eso sí, no he vuelto a pedir una “fungui”. Desde aquella noche abandoné mi amor por los champis. Ahora me he pasado a la “cuatro estaciones”. He cambiado el sabor a tierra por el sabor a mar de las anchoas. Precisamente, es la misma que le gusta a Paquita, sólo que a ella lo “salao” del boquerón no le va mucho… ¡Ay Paqui!... tenemos que ponerle algo de sazón a la vida...sino en qué va a quedar su valor razonable…

No hay comentarios: